Un ejercicio de supervivencia

No se podrá decir de Zinedine Zidane que no ajustó cuando su equipo más lo necesitaba. El no estar ligado a un esquema definido siempre le ha proporcionado esa versatilidad tan importante en la máxima competición europea pero, a su vez, le ha exigido exponerse a ejercicios de supervivencia que bien no podría soportar cualquier entidad más allá de Real Madrid. Pero una vez más, y contra todo pronóstico, el conjunto de las doce Copas de Europa viajará en mayo a Kiev para intentar levantar la decimotercera.

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Marcos Llorente, Mateo Kovacic y la extensa sombra de Casemiro

La llegada de Zinedine Zidane al banquillo del Real Madrid trajo, quizás, más sorpresas de las que cualquiera hubiera podido esperar. En relación a la figura que le representaría sobre el terreno de juego, y a tenor de su pasado como futbolista, pocos presagiaban que sería un joven brasileño, tras su paso por el Oporto, quien daría forma y figura a los esquemas del francés. Carlos Henrique Casemiro se tornaría, en esos primeros meses de convulsión, en uno de los jugadores más determinantes que se habían visto sin necesidad de asistir o golear. Tras esta primera exhibición, su figura cobró una dimensión aún mayor, tanto fue así, que Mateo Kovacic llegó del Inter de Milán para, de alguna forma, ser el suplemento del brasileño ante la ausencia de éste, a pesar de los distintos perfiles que aportaban a priori.

Mateo Kovacic se presentó como un jugador vertical, rompedor de líneas.

Un segundo año de Zidane al mando del conjunto blanco dejó claro que la figura ya instaurada de Casemiro era, sin duda, uno de sus pilares fundamentales. El problema es que Mateo no terminó de cuajar, la falta de minutos y sus continuas lagunas en fase defensiva dejaban ver que sustituir a Carlos Henrique no iba a ser tan sencillo, al menos en los partidos de cierto nivel. Y ahí apareció Marcos. Cedido en el Deportivo Alavés de Mauricio Pellegrino, el joven canterano del Real Madrid se tornó, como ya hiciera Casemiro a las órdenes de Zidane, en una pieza clave e insustituible en los esquemas de su técnico. Un perfil muy similar a lo que busca y tanto ansía el francés, ese perfil de pura contención, ya sea gracias a su sobresaliente colocación sobre el rectángulo verde, o gracias a las continuas ayudas y poderío físico. Pero es que, además, Marcos reúne una cualidad que se le ha intentado inculcar a Casemiro sin demasiado éxito, esa primera entrega en corto. Esa recepción de espaldas, giro u orientación y salida simple pudiendo superar la primera línea de presión sin demasiados problemas.

Ese primer pase, ese giro con orientación que tan bien efectúa Marcos Llorente.

Y con esto llegamos al tercer año consecutivo de Zinedine Zidane en el banquillo blanco. Esta vez, por fin, con un reemplazo natural para su principal figura sobre el césped. Casemiro por fin tendrá un suplemento de su mismo perfil. ¿Esto conlleva la salida de Mateo? Si para muchos la respuesta es sí, yo tengo mis dudas. Sin ser ese perfil que precisaba Zidane, el croata es uno de esos jugadores diferentes, un perfil complicado de encontrar a estos niveles en el mercado. Una facilidad para superar líneas en vertical solo a la altura de los primeros metros de Luka Modric, y esto son palabras mayores. El problema -bendito problema- recae sobre Zidane. Que tendrá que decidir o, en su defecto, gestionar una rotación demasiado extensa para ser competitiva, al menos a priori. Lo único seguro es que, pase lo que pase, la figura de Casemiro no se toca.

Imagen: Laurence Griffiths – Getty Images.

Redactado para Balón en Profundidad.

Sobre el tiempo y su certeza

Ese carácter sosegado, la tranquilidad desprendida en cada una de las palabras que, no solo sirvieron para convencer al público en general, sino que lograron convencer a sus hombres en particular. El acento francés que firmó la Novena, aprendió con la Décima y trajo la Undécima. En un mar bañado por la tempestad, fue capaz, contra todo pronóstico, de llevar el barco a buen puerto. Eso se esperaba de Zinedine Zidane, y así lo confirmó el paso del tiempo, juez inequívoco en las situaciones más complejas. Acabó siendo, tras largos meses, algo que parecía una utopía, pues no fue el Real Madrid de Cristiano, ni lo fue tampoco de Sergio Ramos, ni de Luka Modric o Isco Alarcón. Acabó siendo el Real Madrid de todos ellos y de hasta diecinueve jugadores más, acabó siendo el Real Madrid de Zinedine Zidane.

Una gestión que llevó a destacar la figura de todos como una sola.

Analizar las claves que llevaron a este Real Madrid a levantar su trigésimo tercer título liguero, sin ser complicado, tampoco sería breve. La importancia de la profundidad y generación de Marcelo y Carvajal, el bloque defensivo ligado a la figura de Casemiro, las heroicidades de Sergio Ramos, el dominio de Toni Kroos y Luka Modric, el último mes de Keylor Navas y la mera presencia, otro año más, de Cristiano Ronaldo. Un plan A autosuficiente a la par que contundente y que, además, se vio acompañado por un fantástico plan B. La consagración de Nacho, la verticalidad de Mateo Kovacic, la irrupción de Marco Asensio, la perseverancia de Álvaro Morata y, por supuesto, la magia de Isco Alarcón. Un porcentaje de activación de la plantilla que nunca antes, posiblemente, se había podido disfrutar en el Santiago Bernabéu, escenario principal de tal hazaña.

El componente emocional sobrepasó el técnico y táctico.

Y es que, las dudas generadas en tantas noches desde su llegada, la falta de historial y de, en varias ocasiones, recursos, no fue impedimento para que el técnico francés se valiera de su principal y más importante arma. Hizo creer a un grupo de estrellas, de trabajar por el equipo, de pelear cada minuto por corto que pudiera parecer para algunos. Si la Copa de Europa levantada el año pasado se sirvió gracias a las individualidades, este año la Liga ha llegado gracias la unión y trabajo por un mismo objetivo. Y al final, lo que parecía una odisea a la deriva, terminó por confirmarse con el tiempo. Un tiempo que no falla y cuya certeza, a fin y al cabo, es absoluta. Eso es, ha sido, y será, el Real Madrid de Zinedine Zidane. Un equipo que pasará a la historia.

Imagen: Octavio Passos – Getty Images

Mateo Kovacic como plan de ataque

La delicada ausencia de Luka Modric, sumado a la ya prolongada baja de Gareth Bale (único jugador autosuficiente hoy en día en el once titular del Real Madrid), complicaron en exceso la idea de juego establecida hasta el momento por Zinedine Zidane. Tras la peor semana en sus más de 365 días de mandato, el técnico francés ha optado por una solución curiosa, y es que la vuelta de Cristiano Ronaldo y Karim Benzema a un nivel óptimo se veía más cercana con un nexo de unión que con la idea mostrada sobre el terreno de juego.

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Solidez en el Santiago Bernabéu

Volvió a ganar el Real Madrid en casa, no con su mejor juego, pero sí gracias a esa solidez defensiva que lo caracterizó durante tanto tiempo hace no demasiado. Zidane apostó por su clásico 4-3-3 con Mateo Kovacic acompañando a Casemiro y Toni Kroos, con Lucas, Cristiano y Benzema en la línea de ataque.

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Desorden en Balaídos

La cita que se presentaba en Balaídos no necesitaba carta de presentación. El duelo más igualado de los cuartos de final de la Copa del Rey se decidiría en tierras gallegas, tras una renta mínima para el conjunto de Eduardo Berizzo que, sin ir más lejos, y adelantando acontecimientos, ganó la partida en todo momento a Zinedine Zidane. Modificó el planteamiento propuesto en la ida el técnico argentino en cierta medida, pero con la misma premisa en varias fases del juego.

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