En el ojo del huracán

Impacientes, como si de una jauría de perros se tratara, esperaban su momento. Resguardados, acechando, pero siempre alertas. Y a la voz, sin dudarlo un instante, atacaron.

Treinta minutos duró la Roma de pie sobre el césped de Anfield, y eso que el comienzo del partido, de la mano de Edin Dzeko, parecía ser mucho más difuso e igualado de lo esperado a priori. El problema es que el delantero bosnio quedaba aislado sin el apoyo de una segunda unidad de ataque. Él se encargaba de bajar lo que llegaba por medio aéreo, y de cederlo de la mejor manera posible, pero no había compañía a su alrededor. El Liverpool, mientras tanto, caldeaba la olla, ponía el fuego suave y lento para que fuera tomando forma. Y como ha venido mostrando durante todo el curso en Europa, no tardó más de treinta minutos en alcanzar la temperatura perfecta para desatar todo su potencial, sin control alguno. Miento, y es que, por anárquico que pueda parecer el ataque incesante ideado por Jurgen Klopp, tiene un canalizador tan silencioso como eficiente. Tan ágil como preciso. Roberto Firmino hacía acto de presencia, y daba rienda suelta a una de las mayores exhibiciones ofensivas a nivel internacional en la Champions League.

Procuramos correr a los espacios para que el compañero que tiene el balón no tenga dificultades en el pase”, comentaba Sadio Mané. Y no hay mejor definición para explicar cómo en apenas media hora de un fútbol vertiginoso y sin pausa, el Liverpool había puesto pie y medio en la final de Kiev. Presión alta, robo en campo contrario, y correr al espacio para que, entre lo segundo y lo tercero, Roberto firmara la pausa y el pase. Aprovechando ese pequeño espacio deshabitado a la espalda de Strootman y De Rossi; un espacio suficiente para hacer correr con sentido tanto al propio Sadio como a la otra gran estrella de la noche: Mohamed Salah. Ambos impacientes en cada recepción del brasileño, y eléctricos en cuanto el balón se desprendía de sus pies. Como aquel que espera una orden, y acata según la escucha. Sin un resquicio para la duda. Un plan eficaz tanto en forma como en contexto, y es que la línea tan adelantada que propusó Di Francesco ayudó bastante.

Aun así, el orgullo italiano y Edin, que seguía por allí, lograron mantener vivo un sueño que parecía desterrado por momentos aprovechando los metros cedidos por el Liverpool tras salir Mo del campo. No pudieron aguantar el envite propuesto por Klopp, ese vendaval de apenas treinta minutos que te encierra sin compasión; pero ellos también envistieron, al final y por partida doble para viajar con el sueño vivo de vuelta al Olímpico de Roma, para sobrevivir al huracán.

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