El don de ser diferente

Jugadores de fútbol hay muchos, cientos, miles, millones. Los hay altos, bajos, rápidos, lentos, buenos, malos… Pero pese a la gran cantidad que hay en todo el mundo, muy pocos tiene un don especial, el don de ser diferentes; diferentes al resto.

Y es que, en la historia de este deporte se han visto a jugadores increíbles, pero muy pocos tienen esa cualidad de marcar la diferencia en un partido.

Yo no hablo de ese jugador que mete 50 goles por temporada, de ese jugador que corre 12 kilómetros por partido; sino de ese jugador que cuando el equipo lo necesita, cuando el partido está atascado, aparece y de la nada se inventa una jugada, un control, un regate que hace que la grada se ponga en pie y mire expectante, en silencio, como cambia el devenir del encuentro en cuestión de segundos.

Muchos pensaréis que jugadores así hay miles, y cierto puede ser, hay jugadores que de la nada sacan un derechazo y rompen la red, o se dan un carrera y dejan a todo el mundo atrás, pero yo no me refiero a esos. Me refiero al jugador que en una baldosa es capaz de esconder el balón, girar sobre sí mismo y deshacerse de varios jugadores con tan solo un gesto técnico.

Me refiero a ese jugador que cuando todo el mundo espera algo tan obvio y tan claro como un tiro, decide frenar, pausarse y decidir lo que más conviene en ese momento de máxima tensión.

Me refiero a ese jugador que está parado, quieto totalmente delante de su defensor, inmóvil mirando al contrario y que, cuando nadie se lo espera, arranca dejando a su oponente en busca de una explicación a lo que ha pasado hace unos escasos instantes.

En un parpadeo ha vislumbrado lo que tú no harías en horas

Y cierto es que casi todos los días se ven acciones así, pero no todos esos jugadores que maravillan una vez al mundo, son capaces de repetirlo partido sí, partido también. No todos los días presenciaremos ese taconazo que enmudeció Riazor un 30 de enero de 2010, pero es que José María Gutiérrez ‘Guti’ ya nos había dejado enloquecidos con otra obra similar el 15 de enero de 2006, cuando rompió la defensa del Sevilla en una obra que debería estar expuesta en los museos nacionales.

A día de hoy, pocos jugadores pueden alardear de ser diferentes, y es que esa calidad innata, esa manera de comprender el juego, no está al alcance de cualquiera.

Quizás Özil, quizás Hazard, puede que Benzema o incluso Isco, pese a su tempranera edad, sean de los pocos jugadores capaces de maravillar al mundo con genialidades que, para el espectador, siempre quedarán grabadas en la memoria.

Ese pase entre líneas que ni tú ni yo somos capaces de ver, ellos lo convierten en un juego de niños.

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